Luis Coloma – RECUERDOS DE FERNÁN CABALLERO

Había yo devorado —escribe Coloma—desde que supe leer las obras todas de la insigne escritora, y anidaba en mi cabeza aquel enjambre bullidor de chiquillos y de viejas, damas y campesinas, señorones y labriegos, gatos, perros, gallos, grillos, cabras y demás criaturas de Dios que pululan al calor de la fantasía de Fernán, y saltan, cual si estuviesen vivos, en cada una de sus encantadoras páginas.
Lloraba yo amargamente las trágicas desventuras de Medio Pollito; reía, con Pedro de Torres, de D. Judas Tadeo y no Iscariote; erizábaseme el pelo y despertaba despavorido, soñando con el pordiosero asesino del serranito de Zahara; y acongojábame, y sentía la honda desolación, la nostalgia del cielo que se apodera del alma á la vista de las miserias de la tierra, cuando me figuraba en la solitaria playa de Villamar y en una brumosa tarde de Noviembre, la hoguerita que consumía la cama, los muebles, y las ropas de Lágrimas, la pobre niña hética, para no dejar nada... nada de ella; ni aun la memoria…
¡Oh!... Con qué gusto, con qué satisfacción tan grande de deber cumplido, hubiera dado entonces un par de cachetes que le aboyasen por lo menos la chistera, á D. Roque la Piedra, el repulsivo millonario padre de Lágrimas, “más feo que el Hércules de la alameda de Cádiz”.
Natural era que en el centro de aquel mundo fantástico que poblaba mi infantil cabeza, se levantase también la imagen de la prodigiosa maga (sabía yo que era maga y no mago) que con las puntas de su pluma les daba vida, como con una varita mágica, y así era en efecto...

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De todas estas épocas de la vida del P. Coloma, la esencial para el escritor literario es la época de su juventud como escritor y como novelista, la época en que fue adoptado como hijo por la musa sin par de Fernán Caballero, y de esta época algo podríamos decir tomado de muy buena fuente.
Pero ¡quién será osado á repetir lo que el propio P. Coloma ha relatado con los más frescos colores de su lozana paleta!, y, por otra parte, ¡cómo trasladar con auxilio de la socorrida tijera á un discurso académico de felicitación aquellas páginas seductoras en que narra el autor, en forma de conversación familiar, sus aventuras picarescas de la niñez, las precoces audacias de su petulancia infantil, la bondad de la insigne escritora acogiendo con materna solicitud las tentativas anticipadas de la mariposa aún en flor para romper la cárcel de su capullo!
Sólo un Fernán Caballero podía emular aquel cuadro en que tan á lo vivo se destaca la genial y opulenta personalidad del gentil modelo de Clemencia, complacida en sorprender los impacientes movimientos de la crisálida todavía por transformar, al sentir la precursora comezón del nacimiento de las alas, que por lo delicado, lo aterciopelado y lo frágil de su maravillosa estructura en todas las mariposas, más parecían destinadas á vagar suavemente de flor en flor para libar las mieles de sus cálices iluminándose con todos los cambiantes y los matices del iris al jugar en el dorado rayo del sol, que á levantar de las hondonadas del suelo la densa y furiosa polvareda que arremolinó hasta las nubes con el leve soplo de su volar sobre las hojas caídas de Pequeñeces. El caso es que el niño que había de ser P. Coloma andando el tiempo, reconoció en el sin par escritor que ha inmortalizado el nombre de Fernán Caballero, la santa musa de su inspiración literaria, y D." Cecilia B6hl de Fáber acaso (aunque lo calle el autor) debió experimentar desconocida inquietud al sentir su sensibilidad femenina afectada por algo que ya debía palpitar, aunque en germen, en el precoz temperamento artístico del muchacho, y que no era precisamente el candor que embalsama las páginas de las Tres almas de Dios, sino más bien un como picaresco tufillo que se respira sin querer entre las líneas austeras de La gorriona. De todos modos, hijo adoptivo o natural, con toda la diversidad de temperamentos fruto del sexo ó de la edad, la filiación es manifiesta y el P. Coloma al aparecer en la escena de la novela española ostentaba en toda su personalidad los signos característicos de la escuela de que es glorioso fundador el autor de La gaviota y de Lágrimas, ó sea el españolismo neto, sano, tradicional de la gran democracia cristiana que se llamó el pueblo español en su matiz más delicioso y poético, el noble matiz andaluz, no tal como lo destrozan los escribidores extranjeros, y se deshonra en caricaturas, grotescas algunas veces, en las mesas de los cafés, en los corros de las tertulias cursis, en los tendidos de los toros, sino como, en verdad, lo hizo Dios y lo produce la rica savia nacional al calor del fuego ardiente de su sol en la tierra de María Santísima.
Claro está que al principio la tradición tenia mucho de infantil, era algo así como la copia con honores de imitación y las tentativas de originalidad con serviles dejos de plagio, decorosos por lo inconscientes; más tarde, aunque poco más, era como la obra aventajada del aprendiz, en que se señalan los toques firmes del maestro que perfecciona al corregir los trabajos de su discípulo; llegó por fin el instante crítico de la armonía por la elevación y la madurez del ingenio, como dos efectos hermanos, hijos gemelos de la misma causa, y se convirtió por último en la vistosa pero divergente variedad que lleva en su opulencia la vida.
A la realidad idealizada de Fernán Caballero había sucedido la idealidad sensibilizada del P. Coloma; al tipo real con todas las idealidades artísticas, el arquetipo ideal con todas las realidades vivientes; á la intuición poética de la Naturaleza creada, sorprendida en la observación, la creación artística del espíritu observador que roba y que transmite la vida para animar sus hechuras; á la flor silvestre que brota fresca y lozana á las caricias del aire y de la luz del alba entre las ruinas y se marchita mustia entre sus sombras á la puesta triste del sol, el espino florido sembrado adrede entre las rosas que extiende sus ramas punzantes y vengadoras por las márgenes mismas del vergel, como leal custodio de las flores; á las armonías líricas de la sacerdotisa, las flagelaciones irónicas del profeta. Porque, apreciados en sus dotes más espléndidas y en sus obras más características, aunque encauzados siempre los dos dentro del naturalismo poético, que es el lecho común de su inspiración y de sus obras, resulta siempre que, en términos técnicos de estética, aparece como más realista Fernán y como más idealista Coloma, aunque el realismo de Fernán Caballero sea ideal y el idealismo del P. Coloma sea realista.
Por eso me parece evidente, estudiados los caracteres del discípulo y la maestra, que el proceso de la formación del discípulo tuvo que ser el siguiente: el entendimiento poderoso del P. Coloma conoció el ideal que vivificaba los seres que impresionaban con su belleza real la sensibilidad artística de Fernán Caballero, y, encendiendo con sus resplandores su mente, proyectó los rayos de oro de su esplendor sobre puñados de tierra, amasados entre sus manos, para iluminarlos con su luz y animarlos con su calor. En cuanto á Fernán Caballero, sospecho yo que se murió sin darse cuenta del procedimiento con que inmortalizaba los suyos, transfigurándolos sin querer á la luz celeste de su alma. Era sencillamente un privilegio de su sensibilidad exquisita. Amaba la flor y se impregnaba inconsciente en su perfume. Cuando componía, el aroma pasaba del corazón al papel por el intermedio de la pluma que escribía al dictado del corazón; y el escrito no era ni podía ser una disertación de botánica, era simplemente una imagen sentida de la forma y de los colores de la flor, pero de una flor tan fresca, tan olorosa y tan viva, que embalsamaba la página y, por la página, el alma entera del lector , que, sin darse cuenta del caso, se iba sumiendo y como anegando en la fragancia que invadía todo el ambiente.
Por eso en las obras maestras del P. Coloma el mundo de las ideas y de los principios se retrata con toda la perfección con que los cuerpos gallardos de los grandes señores y nobles damas, arreados con todas las galas de su principal condición y animados por sus soberbios espíritus, se retrataban en un espejo de veneciano cristal, guarnecido con marco de oro incrustado de pedrería, al paso que en las obras maestras de Fernán Caballero se reflejan las creencias y los sentimientos encarnados en los cuerpos y en las costumbres vivientes, como las nubes en los lagos límpidos perdidos entre los bosques agrestes de las montañas solitarias: leves y aéreas, como apacibles y vaporosos fantasmas, en los días serenos de cielo azul; arremolinadas y sombrías, como heraldos de la tempestad, en las negras horas de la tormenta.
Ante el cuadro lleno de misteriosos encantos que nos ofrece con su austera opulencia la realidad augusta de la vida, Fernán Caballero, interponiendo como un vidente iluminado el mágico y purísimo cristal de su encantado prisma, nos enseña la divina belleza de la realidad, que se transfigura al pasar los rayos de su luz por el prisma que tamiza y cierne todas las deformidades estéticas que acarrean las impurezas de la realidad; y el P. Coloma, ante ese cuadro, como un cíclope forjador que sobre el yunque de la fantasía, con el martillo de su ingenio, golpea y modela el metal que le ofrece en bruto la Naturaleza, hasta imponerle el troquel grabado en su pensamiento, fijo sin cesar en lo alto, donde reside el ideal, sólo siente el deseo de incrustar en él sus figuras, interponiéndolas entre las reales, como si hubieran nacido en él, bañándolas en el ambiente y hasta revolcándolas en el suelo para que se empapen en su color y respiren como hijas exclusivas de la violada realidad sin que nadie sospeche la oculta paternidad del autor, que calladamente se obscurece entre bastidores.
De aquí el vigor potente de sus creaciones artísticas, que imponen y que gravan la verdad con sus irresistibles acentos en sus cuentos más infantiles, bien distinto de aquella sosegada y dulce insinuación de los hechos más naturales que, como voz de los personajes corrientes, nos abre el pecho y nos entra en el corazón el amor á las creencias más consoladoras del alma, por la mano suave de la observación modesta con que Fernán Caballero nos cuenta en las más sencillas narraciones las tradiciones populares.
Bien sabemos que no todos piensan así, y que hay quien, trocando los frenos, tildan de quimérico idealismo á Fernán y de realista á la moderna á Coloma; pero nosotros, sin detenernos aquí á mayores disquisiciones sobre confusión tan extraña, nos limitaremos á responder que el realismo artístico del P. Coloma es todo lo opuesto al realismo trascendental del positivismo literario de Zola. En cuanto á los que tachan de soñador á Fernán, porque ya han desaparecido sus tipos, me recuerdan el dicho de cierto crítico original que negaba el naturalismo artístico de Cervantes porque no había logrado hallar en los mesones españoles al noble hidalgo de la Mancha con la bacía en la cabeza.
Por lo demás, al tratar de vindicar á Fernán Caballero al propio tiempo que al P. Colama, y al tratar de inquirir la fuente de sus respectivas inspiraciones, no tratamos de disminuir en un ápice los merecimientos literarios del P. Coloma, al contrario: lo que hacemos es simplemente distinguir la variedad de procedimientos que se dan en el arte y en la naturaleza, combinados para despertar y para satisfacer al amor que es al cabo el objetivo y la consecuencia final de la manifestación radiante de la hermosura
Por eso, la primer obra, ó según él mismo, el Pastel, que escribió el P. Coloma en los lindes de la niñez, dio lugar á la graciosísima confusión que nos cuenta que experimentó en la primera entrevista con Fernán Caballero por los inconscientes préstamos tomados con profusión de sus obras. La segunda, Solaces de un estudiante, fue ya dirigida y prologada por Fernán, constituyendo su primer obra seria, escrita á los diez y siete años de edad; vinieron después Juan Miseria, Caín, Don Juan Botija y algunos otros cuentos y artículos, revisados todos por Fernán, que se encargaba de publicarlos, más celoso de sus éxitos que el autor, y aunque estas obras las conocemos retocadas por la reflexiva diestra del P. Coloma cuando se volvieron á publicar años después en las columnas de El Mensajero, en esencial fue respetada su hechura tal como había visto la luz en los años alegres de su adolescencia. Pero ¡ay! aquellos años felices corrieron en el atropellado curso de la vida como corren los ríos al mar, y cuando sonaron en el reloj de la Historia los días serenos de la Restauración, que venia á poner paz en los campos y en las ciudades, en las vidas y las conciencias, el escritor ameno, festivo y el joven de buena sociedad y el audaz y revuelto político que había trabajado con bríos y con peligros por la restauración de la Monarquía derrocada por la Revolución de Septiembre, variando de repente de rumbo, entró de improviso en el noviciado que la Compañía de Jesús tenía en el castillo de Poyanne, en el país vecino de Francia. El P. Coloma tenia á la sazón veinticinco años, pero sus trabajos, sus desengaños, sus estudios, abrumándole con prematuros achaques, le coronaron con tanta y tan formal gravedad, que representaba más de cincuenta. Su noviciado y los estudios de Humanidades, de Filosofía y Teología que llevó á cabo en Francia, en Portugal y en Italia, en medio de enfermedades continuas, agravaron su mal estado de salud, hasta que, habiendo regresado á España en 1882, empezó á escribir como por obligación en El Mensajero las Lecturas Recreativas, reanudando su inspiración con tal éxito, que la exigua y poco conocida revista adquirió en breve extensa popularidad con las obras del P. Coloma, que apenas se iban conociendo en España se iban traduciendo al alemán, al inglés, al francés y al italiano, hasta el punto de hallarse vertidas hoy á todos los idiomas cultos, corriendo diversas traducciones en alemán y en inglés y en diversos dialectos de Austria, y siendo muy de notar que ninguna de estas traducciones estén hechas por Padres de la Compañía de Jesús de aquellos países, sino por literatos de profesión ajenos á la Compañía, y algunos de ellos protestantes.
Tal ha sido el mérito de estas obras, tal el éxito que coronó los trabajos del escritor español, tal su fama de novelista en el mundo!

(Alejandro Pidal Mon. Discurso leído en la Real Academia Española el día 6 de diciembre de 1908, con motivo de la recepción pública del Rvdo. P. Luis Coloma)